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Del estrés a la serenidad: estrategias prácticas para desacelerar tu vida

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Vivimos rápido, aunque el alma no vaya tan deprisa. Hay un cansancio que no se quita durmiendo. No es físico del todo, tampoco mental del todo. Es más bien una sensación de arrastre, como si la vida se estuviera viviendo medio paso por delante de uno mismo. Muchas personas llegan al coaching sin saber explicar exactamente qué les pasa. No hablan de tragedias, hablan de prisa. De agendas llenas. De días que empiezan antes de estar listos y terminan cuando ya no queda energía, cuando cuerpo y mente piden pasar del estrés a la serenidad.

En nuestra cultura, ir rápido está bien visto. Detenerse, en cambio, genera culpa. Parece que si bajas el ritmo estás fallando a algo o a alguien. Y sin embargo, el cuerpo y la mente tienen otros tiempos, otras leyes, otros límites que no entienden de productividad ni de expectativas externas.

Cuando el estrés deja de ser puntual y se convierte en forma de vida

En más de una ocasión, algún paciente en proceso de coaching ha descrito su día a día como una sucesión de tareas encadenadas sin espacios intermedios. No había grandes sobresaltos, pero tampoco pausas reales. Dormía con el cuerpo agotado y despertaba con la mente ya acelerada. Lo más llamativo no era lo que hacía, sino cómo lo hacía: siempre deprisa, siempre con la sensación de ir tarde.

Ahí es donde el estrés deja de ser una reacción natural ante un desafío concreto y pasa a convertirse en un estado permanente. El sistema nervioso no distingue si la amenaza es real o simbólica; responde igual ante un peligro que ante una agenda imposible. Y cuando no hay descanso interno, la serenidad se vuelve un recuerdo lejano.

El estrés como mensaje, no como enemigo

Una de las ideas más liberadoras que aparecen en estos procesos es comprender que el estrés no llega para fastidiarnos, sino para avisarnos. Es una señal de que algo está desalineado: el ritmo, las exigencias, el diálogo interno o la forma en la que nos tratamos a nosotros mismos.

Muchos descubren que no es tanto lo que hacen lo que les desgasta, sino la manera en la que se exigen hacerlo todo bien, rápido y sin margen de error. La autoexigencia constante mantiene el cuerpo en tensión incluso cuando, objetivamente, no hay una emergencia. Vivir así pasa factura, aunque al principio se disfrace de responsabilidad o compromiso.

Desacelerar la vida sin renunciar a ella

Desacelerar no significa desaparecer ni abandonar obligaciones. Significa empezar a vivir con más presencia. Algunos pacientes se sorprenden al comprobar que pequeños cambios generan grandes efectos. Caminar un poco más despacio. Respirar antes de responder. Comer sin estímulos. Permitir silencios. Son gestos sencillos, pero profundamente reguladores.

Cuando el cuerpo recibe señales de calma, la mente empieza a seguirlo. No al revés. Por eso, muchas veces, la serenidad no se piensa: se practica. Se encarna. Se entrena en lo cotidiano.

Aprender a poner límites para recuperar la calma

En casi todos los procesos aparece el mismo punto crítico: la dificultad para decir no. No por falta de claridad, sino por miedo. Miedo a decepcionar, a parecer menos disponibles, a perder valor. Sin embargo, cada límite no puesto suele convertirse en una pequeña traición interna.

He visto cómo personas que no cambiaron nada externo en su vida empezaron a sentirse mucho mejor simplemente por empezar a respetarse en decisiones pequeñas. Elegir descansar sin justificarse. No responder inmediatamente a todo. Priorizar lo importante frente a lo urgente. La serenidad crece cuando dejamos de vivir permanentemente para cumplir expectativas ajenas.

El ruido constante y la necesidad de silencio

La sobreestimulación es uno de los grandes aceleradores del estrés moderno. Pantallas, mensajes, noticias, notificaciones… Todo reclama atención, todo parece urgente. Muchos no son conscientes de su impacto hasta que se permiten, aunque sea por momentos, desconectarse.

Al principio, el silencio incomoda. Luego calma. Y finalmente, se vuelve imprescindible. En ese espacio empiezan a aparecer pensamientos más honestos, emociones no atendidas y también una claridad que no surge en medio del ruido. La serenidad necesita espacio para manifestarse.

Volver a un ritmo más humano

Al final, desacelerar es un acto de coherencia. Es aceptar que no somos máquinas, que no todo puede hacerse a la vez, que el descanso no es una recompensa sino una necesidad. Un paciente me dijo una vez que no había cambiado su vida, pero sí la forma de estar en ella. Y esa frase lo resume todo.

La serenidad no es ausencia de problemas, es presencia ante la vida. Es dejar de vivir en modo supervivencia cuando ya no hace falta. Es recordar que ir más lento, muchas veces, es la única forma de llegar de verdad.

Si sientes que algo en tu ritmo vital necesita ajustarse, no hace falta que lo soluciones todo hoy. Basta con empezar a escucharte. La calma no llega de golpe, llega paso a paso, cuando decides tratarte con un poco más de respeto y un poco menos de prisa.

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