Este es mi Cuerpo, A close-up of a priest holding a communion wafer during a Catholic mass in Ecuador.

¿Qué siente un sacerdote al decir por primera vez “Este es mi Cuerpo”?

Loading

Hay frases que se aprenden en un libro. Hay otras que se pronuncian después de mucho estudio. Pero hay algunas… que atraviesan el alma. “Este es mi Cuerpo”.

Son palabras breves, conocidas, repetidas en cada misa. Pero cuando un sacerdote las dice por primera vez, dejan de ser una fórmula. Se convierten en un abismo de misterio.

Recuerdo con absoluta claridad ese momento. No como un recuerdo lejano, sino como una herida luminosa que sigue abierta.

Porque hay experiencias que no se superan… se habitan.

La primera vez: cuando el tiempo parece detenerse

Era el día de mi primera misa. Todo estaba preparado. La iglesia llena, los cantos, las miradas, la emoción contenida. Pero dentro de mí, había un silencio distinto.

No era nerviosismo común. Era algo más profundo.

Sabía lo que iba a hacer. Lo había estudiado durante años. Había repetido cada gesto en formación. Había comprendido teológicamente el significado.

Pero en ese momento, todo eso parecía insuficiente.

Llegó la consagración.

Tomé el pan en mis manos.

Y entonces ocurrió algo difícil de explicar: el tiempo pareció detenerse.

No porque todo se volviera lento, sino porque todo cobró un peso infinito.

El temblor que no es miedo, sino reverencia

Cuando pronuncié esas palabras por primera vez, sentí un temblor.

No un temblor de inseguridad, sino de conciencia.

“Esto no depende de mí… pero pasa a través de mí”.

Esa es la paradoja del sacerdote.

No es él quien realiza el milagro. Es Cristo.

Pero es su voz, sus manos, su vida… las que Dios ha elegido usar.

En ese instante comprendí algo que ningún libro puede enseñar completamente: que el sacerdote no posee el misterio… lo sirve.

Y ese servicio estremece.

El misterio de la presencia real

Para muchos, la hostia puede parecer un símbolo. Un recuerdo. Un gesto comunitario.

Pero para la fe de la Iglesia, es mucho más.

Es Cristo realmente presente.

No como idea, no como metáfora, sino como realidad.

Jesús lo dijo con una claridad que escandalizó incluso a sus discípulos: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros” (Lucas 22,19).

No dijo “esto representa”.

Dijo “esto es”.

Y el sacerdote, al repetir esas palabras, entra en esa misma realidad.

No la crea. No la inventa. No la controla.

La recibe… y la entrega.

Una historia que me marcó para siempre

Después de esa primera misa, me senté unos minutos solo en la sacristía. Necesitaba silencio.

No estaba cansado. Estaba sobrecogido.

En ese momento, entró un sacerdote mayor que había concelebrado conmigo. Se sentó a mi lado y, sin decir mucho, me miró con una sonrisa serena.

Después de unos segundos, me dijo:

“Ahora entiendes por qué nunca se vuelve rutina”.

Esa frase me acompañó desde entonces.

Porque uno podría pensar que, con el paso de los años, el gesto se vuelve automático.

Pero no.

Si se vive de verdad, cada consagración sigue teniendo algo de ese primer temblor.

No siempre emocional. Pero sí profundo.

Lo que el sacerdote vive… y lo que el fiel puede descubrir

Tal vez nunca te habías preguntado qué siente un sacerdote en ese momento.

Y está bien.

Pero entenderlo puede ayudarte a vivir la misa de otra manera.

Porque lo que ocurre en el altar no es algo lejano. Es un don para todos.

Cuando el sacerdote eleva la hostia, no está mostrando algo simbólico.

Está mostrando a Cristo.

Y ese Cristo está ahí… para ti.

Para encontrarte. Para sostenerte. Para alimentarte.

El riesgo de acostumbrarse

Uno de los mayores peligros en la vida de fe es la costumbre.

Escuchar las mismas palabras, ver los mismos gestos, repetir las mismas oraciones… puede hacer que todo parezca normal.

Y ahí se pierde el asombro.

Pero la Eucaristía nunca es “normal”.

Es el mayor misterio de amor que se hace presente en lo cotidiano.

El desafío no es cambiar el rito. Es renovar la mirada.

Volver a descubrir lo que siempre ha estado ahí.

El silencio después de la consagración

Hay un momento en la misa que muchos pasan por alto. Después de la consagración, hay un silencio. Un silencio breve, pero lleno.

Ahí no hace falta decir nada. Porque ya todo ha sido dicho. Dios está presente. Y ese silencio es una invitación: detenerse, contemplar, reconocer.

¿Cómo vivir la misa con más profundidad?

Si alguna vez sientes que la misa se vuelve rutinaria, te propongo algo sencillo.

La próxima vez que escuches “Este es mi Cuerpo”, no lo dejes pasar.

Detente interiormente.

Mira.

Cree.

No necesitas entenderlo todo. Nadie lo entiende completamente.

Pero puedes abrirte al misterio.

Puedes dejar que ese momento te toque.

Puedes reconocer que estás frente a algo que te supera… y que al mismo tiempo se te ofrece.

Un misterio que sigue temblando en el corazón

Aquel día de mi primera misa terminó. La gente se fue. El silencio volvió.

Pero algo en mí había cambiado. No me volví perfecto. No lo entendí todo. Pero supe, con una certeza nueva, que cada vez que pronunciara esas palabras, estaría entrando en el corazón mismo del misterio cristiano.

Y hoy, después de tantos años, puedo decirte esto: Sigue habiendo temblor. No siempre visible. No siempre emocional. Pero real.

Porque cada vez que se dice “Este es mi Cuerpo”, el cielo toca la tierra. Y si tú también lo crees, entonces ese momento no es solo del sacerdote.

Es tuyo. Es encuentro. Es presencia. Es amor que se entrega… una y otra vez.

¿Quieres agendar una consulta de Orientación ESPIRITUAL?

¡Escríbeme!

Nombre

Publicaciones Similares