¿Por qué tenemos tantas cosas y sentimos que nos falta lo esencial?
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Hay una pregunta que aparece con frecuencia en las conversaciones después de misa, aunque no siempre se formula de la misma manera: «Padre, ¿por qué, si tengo tantas cosas buenas en mi vida, siento que algo me falta?». A veces la pregunta viene acompañada de cierta vergüenza, como si reconocer un vacío interior fuera una falta de gratitud. Y no lo es. Podemos agradecer sinceramente lo que tenemos y, al mismo tiempo, sentir que nuestra vida necesita algo más.
Vivimos pendientes de tantas cosas que casi nunca encontramos tiempo para preguntarnos cómo estamos por dentro. Cumplimos horarios, pagamos cuentas, resolvemos problemas, contestamos mensajes y tratamos de que nada se nos escape. Cuando finalmente llega un momento de tranquilidad, buscamos alguna distracción. Parece que nos hemos acostumbrado tanto al ruido que el silencio comienza a incomodarnos.
Lo curioso es que muchas personas no están buscando grandes cambios. Quieren algo bastante sencillo: volver a disfrutar una conversación sin mirar el reloj, sentarse a comer sin pensar en el trabajo o acostarse por la noche sintiendo que el día tuvo algún sentido.
El problema no es tener mucho, sino olvidar lo importante
Siempre me ha llamado la atención el encuentro de Jesús con Marta y María, narrado en Lucas 10,38-42. Marta estaba ocupada atendiendo al Señor, mientras María permanecía escuchándolo. Jesús no le reprocha a Marta su trabajo ni su generosidad. Lo que percibe es que tantas preocupaciones le están impidiendo disfrutar de su presencia.
Aquella mujer tenía a Jesús en su propia casa y estaba demasiado ocupada para escucharlo. No me resulta difícil reconocerme en esa escena. También los sacerdotes podemos pasar el día haciendo cosas para Dios y terminar sin haber dedicado unos minutos a conversar tranquilamente con Él. A veces la agenda pastoral se parece demasiado a una carrera de obstáculos.
La enseñanza del Evangelio no consiste en abandonar nuestras responsabilidades. Consiste en aprender a distinguir lo urgente de lo verdaderamente importante. Una familia necesita trabajar, organizarse y atender sus obligaciones, pero también necesita tiempo compartido. Un matrimonio necesita resolver asuntos prácticos, pero no puede convertirse únicamente en una sociedad administradora de facturas y compromisos.
Recuperar la paz interior comienza cuando dejamos de pensar que nuestra vida tendrá sentido después de terminar todas las tareas pendientes.
Volver a lo sencillo también es volver a Dios
En el fondo, muchas de nuestras inquietudes tienen que ver con el lugar que ocupan las personas en nuestra vida. Podemos comprar un regalo costoso y no encontrar tiempo para escuchar a quien lo recibe. Podemos organizar una reunión familiar extraordinaria y pasarla preocupados porque todo salga perfecto.
El Evangelio nos propone otra forma de mirar: descubrir que la vida se construye principalmente en los encuentros, en el cuidado mutuo y en esos pequeños gestos que no suelen aparecer en nuestras listas de logros.
Tal vez hoy no necesites cambiar de trabajo, vender tus pertenencias ni retirarte a una montaña para encontrar tranquilidad. Quizá puedas comenzar recuperando una comida sin pantallas, una conversación pendiente o diez minutos de oración sincera. No para añadir otra obligación a tu agenda, sino para recordar que tu vida es mucho más que las cosas que debes hacer.
Y si al terminar el día todavía quedan asuntos pendientes, no pasa nada. También mañana habrá trabajo. Lo importante es que, entre tantas ocupaciones, no se nos quede la vida sin vivir.
Una invitación para tu familia: Esta reflexión forma parte del espíritu que inspira nuestro libro ABC de la Navidad, una guía para recuperar el valor de la sencillez, la fe y los encuentros familiares. Te invito a buscarlo en Amazon, comprarlo para tu hogar y regalarlo a alguien que necesite recordar lo verdaderamente importante. Hay regalos que ocupan espacio en una estantería; otros nos ayudan a abrir espacio en el corazón.
Referencias
- Evangelio según san Lucas 10,38-42.
- Catecismo de la Iglesia Católica, n.º 2567 (1992).
- Francisco, Admirabile signum (2019).
- Rodríguez Ortiz, Rafael, y Rodríguez Olaya, Carlos. ABC de la Navidad (edición impresa, 2026).



