Vivir con autenticidad
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Cuando ser uno mismo parece un acto de rebeldía
Nuestra sociedad que habla mucho de vivir con autenticidad, pero en la práctica, premia la adaptación constante. Adaptarse al entorno laboral, a las expectativas familiares, a lo que se espera en redes sociales, a lo que “debería ser” una vida exitosa. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, aprendemos a ajustar gestos, palabras y decisiones para encajar. Y así, sin dramatismos, empezamos a usar máscaras.
En procesos de coaching aparece con frecuencia una sensación difícil de explicar: personas que sienten que su vida funciona, pero no les pertenece del todo. Cumplen, responden, avanzan… y aun así algo no encaja. No es infelicidad abierta, es desconexión. Como si vivieran una versión aceptable de sí mismas, pero no la verdadera.
Las máscaras que aprendemos a usar para sobrevivir
Alguna vez, un paciente describió su día a día como una actuación permanente. No mentía, no fingía de forma consciente, pero se adaptaba tanto que había olvidado qué quería él realmente. Se mostraba seguro, resolutivo, siempre disponible. Por dentro, estaba agotado. No por el trabajo en sí, sino por el esfuerzo constante de sostener una imagen.
Las máscaras no nacen de la falsedad, nacen de la necesidad. Necesidad de pertenecer, de ser aceptados, de no decepcionar. El problema no es usarlas en momentos puntuales; el problema es olvidar que las llevamos puestas. Cuando eso ocurre, dejamos de escucharnos y empezamos a vivir desde el personaje.
El precio silencioso de no ser auténtico
Vivir desconectados de lo que somos tiene un costo emocional alto, aunque no siempre inmediato. Aparece en forma de cansancio crónico, de irritabilidad, de decisiones que no terminan de satisfacernos. Muchas personas no saben qué les pasa porque, aparentemente, “todo está bien”. Pero el cuerpo y las emociones cuentan otra historia.
He visto cómo, al permitirse decir en voz alta “esto no va conmigo”, algunos pacientes experimentan alivio y miedo al mismo tiempo. Alivio por reconocerse. Miedo por lo que implica cambiar. La autenticidad no es cómoda al principio, porque nos obliga a revisar elecciones hechas para agradar más que para ser fieles.
Ser tú mismo no es improvisar, es alinearte
Existe una idea equivocada de la autenticidad como hacer siempre lo que apetece o decir todo lo que se piensa. En realidad, ser auténtico es actuar de forma coherente con tus valores, incluso cuando eso implica incomodidad. Es elegir desde dentro, no desde la expectativa externa.
La autenticidad se construye en decisiones pequeñas: poner un límite cuando antes callabas, reconocer que algo ya no te representa, permitirte cambiar de opinión. No se trata de romper con todo, sino de empezar a habitarte con honestidad.
El miedo al rechazo y la necesidad de pertenencia
Uno de los mayores frenos para vivir con autenticidad es el miedo a no ser aceptados. En consulta aparece una y otra vez la misma pregunta, aunque formulada de distintas maneras: “¿Y si dejo de gustar?” Ser uno mismo implica asumir que no encajaremos en todos los espacios, y eso duele.
Sin embargo, también ocurre algo liberador: cuando dejas de actuar para agradar, empiezas a atraer relaciones más genuinas. Menos numerosas quizá, pero más reales. La autenticidad filtra. Y ese filtro, aunque asuste, protege.
Volver a escucharte en medio del ruido
En un mundo que opina constantemente, escucharte requiere silencio interno. Muchas personas no saben qué quieren porque nunca se han dado el espacio para preguntárselo sin prisa. La reconexión con uno mismo suele empezar cuando alguien se permite parar y observar cómo vive, cómo decide y desde dónde lo hace.
Algunos pacientes descubren que no necesitan grandes cambios, sino pequeños ajustes: ser más honestos consigo mismos, respetar su ritmo, dejar de justificarse tanto. La autenticidad no siempre transforma la vida externa, pero transforma profundamente la forma de estar en ella.
La libertad tranquila de ser quien eres
Con el tiempo, vivir con autenticidad genera una sensación de descanso interno difícil de explicar. No porque desaparezcan los problemas, sino porque deja de existir la lucha constante por sostener una versión que no eres. Aparece una calma distinta, más estable, más real.
Ser tú mismo no te garantiza aprobación universal, pero te regala coherencia. Y la coherencia es una de las formas más profundas de bienestar emocional.
Elegir la autenticidad cada día
Vivir con autenticidad no es una meta que se alcanza y ya está. Es una elección diaria. A veces fácil, a veces incómoda. Implica revisarte, escucharte y atreverte a ser honesto contigo, incluso cuando nadie más está mirando.
En esta sociedad llena de máscaras, ser tú mismo no es egoísmo ni rebeldía. Es un acto de valentía silenciosa. Y también, una forma profunda de respeto hacia la vida que estás viviendo.
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