¿Cómo distinguir entre la voz de Dios y mis propios deseos?
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Esta es una de las preguntas más delicadas y más importantes de la vida espiritual: “Padre, ¿cómo sé si esto que siento viene de la voz de Dios o solo de mí?”
No nace de la curiosidad, sino del deseo sincero de no equivocarse, de no justificar decisiones importantes usando el nombre de Dios, y al mismo tiempo de no cerrar el corazón a lo que Él quiere.
A lo largo de los años he visto muchas conciencias confundidas, no por mala intención, sino por algo muy humano: nuestros deseos también hablan, y a veces hablan muy fuerte. Y la voz de Dios, en cambio, suele ser discreta, profunda, paciente.
Este artículo quiere ayudarte a aprender ese arte delicado del discernimiento. No desde técnicas complicadas, sino desde la experiencia pastoral, la vida real y la fe vivida con honestidad.
Cuando confundir deseos con la voz de Dios duele
Permíteme contarte una sola historia, porque una vida concreta ilumina más que muchas teorías.
Daniel estaba ante una decisión importante. Tenía una oportunidad laboral muy atractiva, pero que implicaba romper compromisos familiares y éticos que decía valorar mucho.
Un día me dijo con convicción:
“Padre, yo siento que Dios me está abriendo esta puerta.”
No dudaba, no preguntaba. Estaba seguro. Pero algo en su forma de decirlo no me dejaba tranquilo. No porque fuera una mala persona, sino porque no había espacio para la duda, y cuando Dios habla, casi siempre deja espacio para la humildad.
Meses después volvió. Había tomado la decisión. Y me dijo, con tristeza:
“Padre, me di cuenta tarde… no era Dios hablándome. Era yo justificando lo que quería.”
Ese reconocimiento dolió, pero fue profundamente sanador. Y nos enseñó algo esencial: no todo lo que deseo intensamente viene de Dios, aunque lo presente como algo “bueno”.
La primera clave: Dios no grita, el deseo sí
Nuestros deseos suelen ser urgentes, insistentes, ansiosos. Quieren una respuesta ya. Empujan. Presionan.
La voz de Dios, en cambio:
- No se impone
- No atropella
- No genera ansiedad constante
Cuando algo viene de Dios, puede ser exigente, incluso incómodo, pero trae una paz profunda, no una prisa ciega.
La Escritura lo dice con una imagen preciosa:
“Habla, Señor, que tu siervo escucha.” (1 Samuel 3, 10)
No dice “apúrate”. Dice escucha. La voz de Dios se reconoce más por la profundidad que por el volumen.
La voz de Dios no contradice el amor ni la verdad
Esta es una regla de oro del discernimiento: Dios nunca te lleva a hacer algo que contradiga el amor, la justicia o la dignidad de otros, aunque a ti te beneficie.
Daniel empezó a darse cuenta, demasiado tarde, de que su decisión dejaba heridos a su alrededor. Y ahí comprendió algo doloroso: había confundido oportunidad con voluntad de Dios.
Si algo:
- Justifica dañar a otros
- Normaliza la mentira
- Te vuelve menos humano
- Endurece tu corazón
difícilmente viene de Dios, aunque te prometa éxito o tranquilidad.
San Pablo lo expresa con claridad:
“Dios no es un Dios de confusión, sino de paz.” (1 Corintios 14, 33)
Dios habla en el tiempo; el deseo quiere decidir solo
Otra diferencia fundamental: los deseos quieren decidir en soledad, la voz de Dios se discierne en relación.
Cuando algo viene de Dios:
- Resiste el paso del tiempo
- Se puede poner en oración sin miedo
- Se puede compartir con alguien maduro en la fe
Daniel no había hablado con nadie antes de decidir. Todo lo vivió solo, dentro de su entusiasmo. Con el tiempo comprendió que lo que no soporta ser contrastado, rara vez viene de Dios.
Dios no teme ser escuchado con calma. El deseo sí.
La voz de Dios suele incomodar al ego
Esto es importante y poco dicho: Dios no suele hablar para inflar el ego, sino para ensanchar el corazón.
Muchas veces su voz:
- Llama a servir más
- Invita a renunciar a algo
- Pide paciencia
- Exige verdad interior
Si una “voz” siempre te coloca en el centro, te justifica todo, te hace sentir superior o con derecho a pasar por encima de otros, probablemente no es Dios.
Daniel se dio cuenta de que su decisión lo hacía sentir especial, elegido, exitoso. Y eso fue una señal que no supo leer a tiempo.
La paz: no la ausencia de conflicto, sino la coherencia interior
Muchos buscan una señal clara: “Si siento paz, es de Dios.” Pero aquí hay que afinar la mirada.
La paz de Dios:
- Puede convivir con el miedo
- Puede coexistir con la dificultad
- No elimina el esfuerzo
No es euforia ni alivio inmediato. Es coherencia profunda, incluso cuando el camino es exigente.
Después de su error, Daniel me dijo:
“Padre, lo que sentía antes no era paz… era entusiasmo.”
Y son cosas muy distintas.
El discernimiento se aprende equivocándose (y siendo humilde)
Esto es importante decirlo sin miedo: nadie discierne perfectamente siempre. Todos aprendemos también de nuestros errores.
La clave no es no equivocarse nunca, sino:
- No mentirse
- No usar a Dios como excusa
- Estar dispuesto a corregir
Dios no se ofende porque te equivoques de buena fe. Pero sí trabaja profundamente cuando eres humilde para reconocerlo.
El silencio interior: un requisito indispensable
Si tu vida está llena de ruido, de estímulos constantes, de decisiones impulsivas, discernir se vuelve casi imposible.
La voz de Dios no compite con el ruido. Espera.
Daniel descubrió, después de su caída, el valor del silencio. No para castigarse, sino para aprender a escucharse mejor y escuchar mejor a Dios.
Una pregunta que ayuda mucho a discernir
A lo largo de los años, he aprendido que hay una pregunta sencilla que aclara mucho:
“¿Esto me está haciendo más capaz de amar, o más centrado en mí?”
Cuando algo viene de Dios, aunque cueste, ensancha el amor. Cuando viene solo del deseo, suele encerrarnos, aunque parezca bueno.
Discernir es un camino, no una técnica
Distinguir entre la voz de Dios y tus propios deseos no es una fórmula mágica. Es un camino que se aprende con:
- Oración sincera
- Tiempo
- Acompañamiento
- Humildad
Si hoy estás confundido, no te condenes. Eso ya es parte del discernimiento. Dios no te exige infalibilidad, te pide honestidad.
Como Daniel, quizá descubras cosas tarde. Pero incluso ahí, Dios sigue hablando, no para acusarte, sino para enseñarte.Confía en esto: Dios sabe hacerse entender por quien de verdad quiere escucharlo.
Y si te equivocas, Él no se va. Camina contigo, incluso mientras aprendes a distinguir su voz.
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