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Valores personales: cómo descubrirlos y vivir en coherencia con lo que realmente importa

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Decimos que la familia es lo primero, pero llegamos a casa con el teléfono pegado a la mano y la cabeza todavía en la oficina.

Decimos que valoramos la salud, aunque llevamos meses negociando con el ejercicio como si fuera una reunión que podemos aplazar indefinidamente.

Decimos que para nosotros la tranquilidad no tiene precio, pero aceptamos compromisos que no queremos, sostenemos conversaciones que nos desgastan y llenamos la agenda hasta que descansar empieza a parecernos un lujo.

No es necesariamente hipocresía. Es algo bastante más humano: a veces existe una distancia enorme entre los valores personales que creemos tener y la vida que realmente estamos construyendo.

Y quizá por eso conviene hacerse una pregunta incómoda de vez en cuando:

Si alguien observara únicamente cómo utilizo mi tiempo, mi energía y mis decisiones, ¿qué diría que es verdaderamente importante para mí?

Ahí empieza una conversación interesante.

Tus valores personales no son palabras bonitas

Cuando hablamos de valores solemos pensar en conceptos como honestidad, familia, libertad, respeto, responsabilidad, amor, crecimiento o solidaridad.

Y todos suenan estupendamente bien.

El problema comienza cuando convertimos los valores en una especie de lista de cualidades socialmente aceptables. Nadie suele decir: “Mis principales valores son quedar bien, evitar conflictos y revisar compulsivamente WhatsApp”.

Sin embargo, una cosa es lo que admiramos y otra lo que orienta nuestra vida.

Desde enfoques contemporáneos como la Terapia de Aceptación y Compromiso, los valores se entienden como direcciones que pueden orientar nuestras acciones, más que como objetivos que algún día podamos tachar de una lista. No “terminamos” de ser generosos, honestos, presentes o responsables. Elegimos expresarlos —o no— en situaciones concretas.

Eso cambia bastante la mirada.

Porque un valor no es algo que dices que tienes.

Es algo que practicas.

El pequeño problema de vivir en automático

Buena parte de nuestra vida cotidiana no está construida después de una profunda reflexión filosófica frente al atardecer.

Está construida a punta de lunes.

Horarios. Responsabilidades. Correos. Facturas. Hijos. Reuniones. Compromisos. Redes sociales. Expectativas familiares. “Eso es lo que toca”. “Siempre se ha hecho así”. “Qué van a pensar”.

Y, poco a poco, podemos terminar viviendo una vida bastante eficiente… que no necesariamente se parece a nosotros.

En procesos de coaching hay una pregunta que suele abrir conversaciones valiosas: ¿esto que estás persiguiendo realmente lo elegiste tú?

Porque a veces descubrimos que llevamos años persiguiendo metas heredadas.

Éxito porque alguien nos enseñó que había que demostrar.

Dinero porque pensamos que garantizará seguridad absoluta.

Reconocimiento porque necesitamos sentir que somos suficientes.

Una relación porque “ya era hora”.

Un determinado estilo de vida porque aparentemente todo el mundo está corriendo hacia allá y uno tampoco quiere quedarse mirando desde la acera.

El problema no está en tener metas. Está en no preguntarnos qué valor hay detrás de ellas.

Valores y objetivos no son lo mismo

Supongamos que alguien dice:

“Quiero ascender a director”.

Ese es un objetivo. Puede alcanzarlo o no.

Pero detrás podrían existir valores completamente diferentes: crecimiento, liderazgo, seguridad económica, reconocimiento, servicio, aprendizaje o incluso libertad.

Descubrir esa diferencia es poderoso porque los objetivos dependen muchas veces de circunstancias externas; los valores, en cambio, pueden expresarse incluso cuando las cosas no salen como esperábamos.

Puedes perder una oportunidad laboral y seguir viviendo desde el aprendizaje.

Puedes terminar una relación y continuar honrando el respeto.

Puedes atravesar una enfermedad y seguir cultivando presencia, amor o esperanza.

Los valores no evitan la dificultad. Nos ayudan a responder una pregunta distinta:

¿Quién quiero ser mientras atravieso esto?

Quizá ahí reside buena parte de su fuerza.

Cómo descubrir tus valores personales de verdad

Podrías buscar en Internet una lista de 100 valores, marcar cinco y sentir que la tarea está terminada.

Pero hay un ejercicio más revelador.

Piensa en tres situaciones de tu vida.

Primero, recuerda un momento en el que hayas sentido una satisfacción profunda contigo mismo. No necesariamente felicidad. Puede haber sido incluso una situación difícil.

Pregúntate:

¿Qué estaba defendiendo, expresando o cuidando en ese momento?

Tal vez aparezca el coraje. La familia. La dignidad. El servicio. La creatividad. La fe.

Ahora recuerda una situación que todavía te incomode o te produzca cierta tristeza.

Y pregunta:

¿Qué valor mío sentí que estaba siendo vulnerado?

Muchas veces el enojo también señala algo importante. Nos duele una injusticia porque valoramos la equidad. Nos afecta una mentira porque apreciamos la honestidad. Nos pesa una relación superficial porque deseamos conexión.

Finalmente, mira tu agenda de las últimas dos semanas.

No tus intenciones.

Tu agenda.

¿Dónde están tus valores allí?

Puede ser una pregunta menos poética, pero bastante más reveladora.

La coherencia no significa vivir perfectamente

Aquí conviene evitar otra trampa.

Descubrir nuestros valores no significa convertirnos en una versión impecable de nosotros mismos.

Una persona que valora la familia también puede perder la paciencia.

Quien valora la salud puede comerse una hamburguesa a las diez de la noche.

Quien aprecia la serenidad puede tener un martes en el que quiera mandar a medio planeta a vivir a una isla remota.

Somos humanos, no folletos corporativos.

La coherencia no consiste en cumplir perfectamente nuestros valores. Consiste en tenerlos suficientemente presentes para volver hacia ellos cuando nos alejamos.

Es más brújula que reglamento. Y una brújula no evita que te pierdas. Simplemente te ayuda a reconocer hacia dónde quieres regresar.

Una pregunta para llevar a tus decisiones

Cuando tengas que tomar una decisión importante —o incluso una de esas pequeñas decisiones que repetidas terminan construyendo una vida— prueba cambiar la pregunta.

En lugar de preguntarte únicamente:

“¿Qué me conviene?”

pregunta también:

“¿Qué decisión se parece más a la persona que quiero ser?”

No siempre aparecerá una respuesta cómoda.

Vivir nuestros valores puede significar poner un límite, pedir perdón, renunciar a algo, comenzar una conversación pendiente, admitir que cambiamos de opinión o dejar de perseguir una meta que ya no tiene sentido.

La coherencia tiene un precio.

Pero la incoherencia también.

Solo que suele cobrarse lentamente, en forma de cansancio, frustración o esa sensación difícil de explicar de estar viviendo una vida que funciona por fuera, pero hace ruido por dentro.

La espiritualidad también puede ayudarnos a mirar este asunto desde otra profundidad. La oración, el silencio o simplemente detenernos un momento pueden servir para preguntarnos qué estamos poniendo realmente en el centro de nuestra existencia. Porque aquello a lo que entregamos nuestra atención termina, de alguna manera, recibiendo también una parte de nuestra vida.

Tal vez descubrir nuestros valores personales no consista tanto en encontrar palabras extraordinarias.

Quizá se trate de algo más sencillo y más difícil:

mirar cómo estamos viviendo y preguntarnos si esa vida se parece a aquello que decimos amar.

Y si descubrimos que existe distancia, no necesitamos castigarnos.

Necesitamos elegir.

Quizá mañana podamos acercarnos un poco más.

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