¿De verdad Dios me ama tal como soy, con mis errores y caídas?
![]()
Esta pregunta no nace de la curiosidad teológica. Nace del dolor. Del cansancio interior. De noches largas donde uno repasa su historia y piensa: “Si sabe todo de mí… ¿de verdad Dios me ama?”
Te lo digo con la experiencia de haber acompañado muchas almas: esta es una de las preguntas más profundas, más humanas y más sinceras que existen. Y también una de las más difíciles de creer, no porque Dios no ame, sino porque nos cuesta aceptar un amor que no se gane ni se merezca.
Últimamente he visto algo que se repite con dolorosa frecuencia: personas que creen en Dios, que rezan, que sirven, pero que en el fondo no se sienten amables, no se sienten dignas, no se sienten queridas.
Este artículo no quiere convencerte con ideas bonitas. Quiere acompañarte en esa duda. Quiere hablarle a esa parte de tu corazón que se siente cansada de caer siempre en lo mismo y que, aun así, sigue buscando a Dios.
“Padre, si Dios me conociera de verdad…”
Ana era profundamente creyente. Participaba en la comunidad, ayudaba, rezaba. Pero cargaba una lucha interior constante. Pecados repetidos. Caídas que se volvían a presentar una y otra vez.
Un día, después de confesarse, me dijo algo que me estremeció:
“Padre, si Dios me conociera de verdad… no podría amarme.”
No lo dijo con rebeldía, sino con vergüenza. Como quien se siente descubierto y piensa que ha agotado toda paciencia divina. Ana no dudaba de que Dios amara a los santos; dudaba de que pudiera amar a alguien tan frágil como ella.
Ese día no le di una respuesta rápida. Solo le pregunté algo sencillo:
“Ana, ¿tú crees que Dios se sorprende de tus caídas?”
Se quedó en silencio. Y ahí comenzó un camino largo y profundo.
El gran engaño: creer que el amor de Dios depende de tu comportamiento
Muchos cristianos viven, sin darse cuenta, con una fe condicionada. No lo dicen en voz alta, pero lo sienten así:
- “Si me porto bien, Dios me ama.”
- “Si fallo, Dios se decepciona.”
- “Si caigo mucho, Dios se cansa.”
Ese pensamiento no viene del Evangelio; viene de nuestra forma humana de amar, que muchas veces es condicional.
Pero el amor de Dios no funciona como el nuestro. No ama porque seas perfecto. Ama porque es amor. Y eso cuesta aceptarlo, porque nos deja sin excusas, pero también sin condena.
La Escritura lo dice con una claridad que desarma cualquier argumento:
“Dios demuestra su amor por nosotros en que, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Romanos 5, 8)
No dice “cuando ya habían cambiado”. Dice cuando todavía caían.
Dios no te ama “a pesar de” tus errores, te ama en medio de ellos
Aquí hay una diferencia sutil, pero decisiva.
Muchos creen que Dios ama a pesar de sus errores, como quien tolera algo molesto. Pero la fe cristiana va más lejos: Dios te ama dentro de tu fragilidad, no esperando a que desaparezca para acercarse.
Ana vivía intentando ser “mejor” para sentirse digna. Y eso la agotaba. Porque siempre había algo que corregir, algo que lamentar, algo que reprocharse.
Un día, en medio de una conversación sencilla, me dijo:
“Padre, siento que Dios me ama… pero no cuando caigo.”
Y ahí estaba el nudo. Porque si Dios dejara de amar cada vez que caemos, ya no quedaría nadie amado.
Las caídas no cancelan el amor de Dios, revelan cuánto lo necesitamos
Hay una mentira muy extendida: pensar que cada caída es un paso atrás en la relación con Dios. Pero muchas veces ocurre lo contrario: la caída revela nuestra verdad, y desde la verdad es donde Dios actúa con más fuerza.
Las caídas:
- Nos quitan la soberbia
- Nos recuerdan nuestra fragilidad
- Nos enseñan a depender
Ana empezó a comprender algo liberador: Dios no esperaba que ella fuera fuerte todo el tiempo, sino que fuera honesta. Y la honestidad abrió un espacio nuevo en su oración.
El Salmo lo expresa con una ternura profunda:
“El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor.” (Salmo 103, 8)
Lento a la ira. Rico en amor. No impaciente. No cansado.
Confundimos conversión con perfección
Este es uno de los grandes malentendidos espirituales.
Conversión no es no caer nunca. Conversión es no justificar la caída y no rendirse ante ella. Es volver. Una y otra vez. Con humildad.
Ana creía que su problema era caer. Pero su verdadero dolor era creer que cada caída la alejaba definitivamente de Dios.
Y no. Cada vez que volvía, aunque fuera con vergüenza, Dios ya estaba esperándola. No con reproches, sino con paciencia.
Jesús nunca rechazó a quien volvía. Nunca. A los hipócritas los confrontó. A los frágiles los acogió.
El amor de Dios no se mide por lo que haces, sino por lo que Él es
Esta verdad cambia la vida cuando se deja entrar de verdad.
Si el amor de Dios dependiera de tu coherencia, de tu constancia o de tu fuerza, nadie podría descansar en Él. Pero depende de algo mucho más firme: su fidelidad.
Ana un día me dijo algo muy sencillo:
“Padre, creo que me cuesta aceptar que Dios me ame porque yo no me amo así.”
Y ahí estaba la herida profunda. Muchas veces proyectamos en Dios la dureza con la que nos tratamos a nosotros mismos.
Pero Dios no te ama como tú te juzgas. Te ama como Padre.
El perdón no es una humillación, es un abrazo
Algunos viven la confesión como una derrota. Como una prueba de que “no fueron capaces”. Pero el perdón no es un castigo; es un regalo.
Cada vez que te levantas y vuelves, Dios no dice: “Otra vez tú”. Dice: “Aquí estás”.
Jesús lo dejó claro con una frase que debería grabarse en el corazón de todo creyente:
“No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.” (Lucas 5, 32)
Si te sientes frágil, si caes, si luchas… eres exactamente el tipo de persona que Jesús vino a buscar.
Amar como Dios ama lleva tiempo… incluso contigo mismo
Ana tardó mucho en integrar esto. No fue automático. Hubo días de luz y días de recaída interior. Pero algo cambió: ya no huía de Dios cuando caía.
Antes, después de cada error, se alejaba. Ahora, volvía más rápido. Con menos palabras. Con más verdad.
Eso es crecimiento espiritual.
Aceptar que Dios te ama tal como eres no significa conformarte con todo lo que eres hoy. Significa saber que el cambio nace del amor, no del miedo.
Dios ve en ti lo que tú todavía no ves
Esta es una de las verdades más bellas y más difíciles de creer: Dios no se queda fijado en tu caída; mira en quién puedes convertirte.
Tú ves el error. Dios ve el proceso.
Tú ves la incoherencia. Dios ve el deseo.
Tú ves la debilidad. Dios ve el corazón.
Ana un día me dijo, con una paz nueva:
“Padre, sigo cayendo… pero ya no dudo de que Dios me ama.”
Eso no la hizo menos responsable. La hizo más libre.
Sí, Dios te ama… incluso ahora
Si hoy te preguntas con honestidad: “¿De verdad Dios me ama tal como soy, con mis errores y caídas?”, quiero responderte con la certeza que dan los años de acompañar almas heridas:
Sí. Te ama. Ahora. Así. Incluso en medio de tu lucha.
No espera a que te arregles para acercarse. Se acerca para ayudarte a levantarte. No te define por tu peor error. Te define por su amor fiel.
Permítete creerlo, aunque te cueste. Permítete descansar en esa verdad. Permítete volver, una vez más.Porque mientras sigas volviendo, Dios nunca se irá.
Y eso, créeme, lo cambia todo.
¿Quieres agendar una consulta de Orientación ESPIRITUAL?
¡Escríbeme!








