Cómo perdonar a alguien que nunca pidió perdón
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Hay una pregunta que aparece con frecuencia después de hablar sobre el perdón cristiano: “Padre, ¿y cómo voy a perdonar si esa persona ni siquiera reconoce lo que hizo?”
La dificultad es real. Pedir perdón supone que alguien mira el daño, asume su responsabilidad y expresa el deseo de repararlo. Cuando nada de eso ocurre, la víctima siente que se le exige hacer sola todo el trabajo moral mientras el agresor sigue tranquilo. Si además se le dice “perdone y olvide”, el Evangelio puede sonar como una nueva injusticia.
Cómo perdonar a alguien que nunca pidió perdón no se responde con una frase piadosa. Hace falta distinguir el perdón de varias cosas que se parecen a él, pero no lo son.
Perdonar no vuelve bueno lo que fue malo
El perdón cristiano empieza en la verdad. Jesús pide perdonar “setenta veces siete” (Mt 18,21-22), pero nunca llama bueno al pecado. Él mismo denuncia la hipocresía, protege a quienes son despreciados y confronta a quienes utilizan el poder para cargar a otros.
Perdonar no significa negar el daño, inventar excusas para el responsable ni renunciar a la justicia. Si hubo violencia, abuso, fraude o cualquier delito, buscar protección y acudir a las autoridades puede ser necesario. La misericordia no cancela la responsabilidad.
El papa Francisco lo explica con claridad en Fratelli tutti: el perdón no implica olvido y permite buscar justicia sin caer en la venganza. Esta distinción es decisiva. La justicia procura que el mal sea reconocido, que la persona vulnerable esté protegida y que, cuando sea posible, haya reparación. La venganza, en cambio, desea que el otro sufra porque yo sufrí.
Cómo perdonar a alguien que nunca pidió perdón sin reconciliarte a la fuerza
Perdón y reconciliación tampoco son idénticos. El perdón puede comenzar en el corazón de la persona herida, con la gracia de Dios, aun cuando el otro no cambie. La reconciliación necesita reciprocidad: verdad, arrepentimiento, voluntad de reparar y condiciones que hagan posible reconstruir la confianza.
Por eso se puede perdonar y mantener distancia. Se puede renunciar al odio sin volver a entregar las llaves de la casa. Se puede desear que una persona encuentre el bien y, al mismo tiempo, decidir que no es prudente retomar la relación.
Los límites no contradicen la caridad. A veces son la forma responsable que toma la caridad ante quien continúa haciendo daño.
En la vida parroquial uno descubre que algunas personas se sienten culpables porque todavía experimentan enojo. Sin embargo, el Catecismo reconoce algo profundamente humano: no está en nuestra mano dejar de sentir inmediatamente la ofensa y olvidarla. El camino consiste en ofrecer el corazón al Espíritu Santo, que puede purificar la memoria y transformar la herida (nn. 2842-2843).
El perdón comienza como una decisión pequeña
Esperar a “sentir ganas” de perdonar puede dejarnos detenidos durante años. En ocasiones el primer acto de perdón es apenas una decisión: no alimentaré deliberadamente la fantasía de destruir al otro. Quizá el sentimiento tarde mucho más en llegar.
Esto no se logra apretando los dientes. Jesús, en la cruz, ora: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). No está diciendo que la crucifixión carezca de gravedad. Está poniendo la justicia en manos del Padre para que el odio no defina su respuesta.
Nosotros podemos empezar con una oración menos heroica: “Señor, hoy no puedo desearle el bien. Al menos no permitas que el rencor me convierta en aquello que detesto”. Esa oración ya abre una rendija.
Perdonar suele ser un proceso y, a veces, una decisión que debe renovarse. Un recuerdo vuelve, una conversación despierta la rabia y parece que todo se perdió. No necesariamente. La herida puede doler otra vez sin que el camino haya sido falso. Volvemos a entregar a Dios lo que no podemos cargar solos.
Cuando la otra persona nunca cambia
Quizá el responsable muera sin pedir perdón. Quizá siga convencido de que no hizo nada. Entonces aparece una pregunta dura: ¿mi libertad dependerá para siempre de su arrepentimiento?
El Evangelio responde que no. La conducta del otro influye en la posibilidad de reconciliación, pero no posee la última palabra sobre nuestro corazón. Dios puede comenzar en nosotros una obra que el culpable no quiso comenzar.
Eso no significa apresurar el proceso. Hay daños que requieren tiempo, terapia, acompañamiento espiritual y una red segura. Nadie debería utilizar el mandamiento del perdón para presionar a una víctima a encontrarse con su agresor. Si el dolor se relaciona con abuso o violencia, la prioridad es la protección.
El perdón cristiano es una gracia antes que una hazaña. En el Padrenuestro pedimos ser introducidos en la misma corriente de misericordia que hemos recibido. No perdonamos porque el daño sea pequeño, sino porque no queremos seguir atados a él. Y no lo hacemos solos: el Catecismo admite que esta exigencia parece imposible para el ser humano y recuerda que para Dios todo es posible (n. 2841).
Puede que hoy no estés preparado para decir “te perdono”. Empieza por una petición honesta: “Jesús, dame el deseo de querer perdonar”. Hay puertas pesadas que no se abren de un solo empujón. A veces se mueven unos centímetros, y por esa pequeña abertura comienza a entrar aire.
Si necesitas un espacio de oración, silencio y reflexión para poner delante de Dios heridas y resentimientos sin negar lo vivido, puedes participar en el retiro espiritual de sanación interior Sanando el Corazón Enfermo, el sábado 24 y domingo 25 de octubre de 2026. Se realizará en la Casa de Oración San Francisco, Hermanas Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora, Calle 12 No. 29-95, Barrio Siete Trojes, Funza, Cundinamarca. Donación: $365.000. Los cupos son limitados. Para inscribirte y separar tu cupo, escribe por WhatsApp al botón de esta página. Será una oportunidad para encontrarse con la misericordia de Dios, sin prometer procesos instantáneos ni reemplazar la ayuda profesional cuando sea necesaria.

Referencias
- Sagrada Biblia, Evangelio según san Mateo 5,43-48; 18,21-35; Evangelio según san Lucas 23,34.
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2840-2845, Libreria Editrice Vaticana, 1992.
- Francisco, carta encíclica Fratelli tutti, nn. 236-254, 2020.
- Juan Pablo II, carta encíclica Dives in misericordia, n. 14, 1980.
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