sanar heridas del pasado, Silhouette of a man standing outdoors in a foggy, tranquil landscape.

Sanar heridas del pasado sin quedar atrapado en lo que ocurrió

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“Padre, eso pasó hace muchos años. ¿Por qué todavía me duele?”

La pregunta suele venir acompañada de vergüenza. Como si el calendario tuviera autoridad para ordenar al corazón que deje de doler. Han pasado diez, veinte o treinta años; la persona siguió trabajando, formó una familia, aprendió a sonreír en las fotografías. Sin embargo, una palabra, un olor o una fecha bastan para que la vieja herida vuelva a hacerse presente.

Sanar heridas del pasado no consiste en demostrar que aquello ya no importa. Si dolió fue porque algo importante quedó lesionado: la confianza, la seguridad, la dignidad, el vínculo con alguien amado o la imagen que uno tenía de sí mismo. El dolor no es una falta de fe. A veces es la manera en que nuestra historia pide ser escuchada con verdad.

Cuando el pasado sigue sentado a la mesa

Hay recuerdos que no aparecen como una película completa. Se manifiestan de otra forma: miedo a confiar, necesidad de controlarlo todo, dificultad para recibir afecto, reacciones desproporcionadas o una tristeza cuyo origen cuesta explicar.

Uno piensa que está respondiendo al problema de hoy, pero en la mesa también está sentado el ayer.

Esto no significa que toda dificultad presente se explique por una herida antigua. Tampoco conviene revisar la infancia como quien busca un culpable para cada tropiezo. Significa algo más sencillo: somos una historia, no una suma de días independientes. Lo que vivimos deja huellas, y algunas necesitan atención.

La fe cristiana toma en serio esa continuidad. En la Biblia, recordar no es quedarse mirando hacia atrás con nostalgia. Es reconocer por dónde hemos pasado y descubrir que Dios también estuvo allí, incluso cuando no pudimos percibirlo.

Sanar heridas del pasado no es borrar la memoria

Cuando Jesús resucita, sus heridas no desaparecen. Tomás puede reconocerlo por las marcas de los clavos y del costado (Jn 20,24-29). Ya no son heridas abiertas que conduzcan a la muerte, pero tampoco han sido borradas. En el cuerpo glorioso de Cristo, las cicatrices cuentan una verdad: el mal fue real y el amor fue más fuerte.

Esta imagen corrige una idea peligrosa de la sanación. Sanar no siempre significa olvidar, dejar de sentir o conseguir que el pasado parezca insignificante. Una memoria sanada puede recordar sin volver a vivir el daño como si estuviera ocurriendo ahora. Puede nombrar la injusticia sin entregar a esa injusticia el gobierno del presente.

El papa Francisco escribió que no se avanza sin una memoria íntegra y luminosa. La memoria cristiana no maquilla el mal ni convierte el abuso en una “lección necesaria”. Hay cosas que nunca debieron suceder. Dios puede sacar vida de una historia herida, pero eso no vuelve bueno el daño ni hace responsable a Dios de haberlo querido.

Dios entra donde no pudimos defendernos

El salmo afirma que el Señor “sana los corazones quebrantados y venda sus heridas” (Sal 147,3). No dice que nos regaña por seguir sensibles. Dice que se acerca y venda.

La manera de Dios suele ser paciente. Jesús resucitado acompaña a los discípulos de Emaús mientras ellos cuentan su decepción (Lc 24,13-35). Él conoce los hechos mejor que ellos, pero no interrumpe la conversación para dar una explicación rápida. Pregunta, escucha y camina. Solo después ilumina lo vivido con la Escritura y se deja reconocer al partir el pan.

Hay aquí una delicadeza que la pastoral nunca debería perder: antes de explicar una herida, hay que hacerle espacio. A veces la primera gracia no es entender, sino poder decir por fin: “Esto me pasó. Esto me dolió. No pude con todo”.

También puede ser necesario recibir ayuda profesional. La oración, los sacramentos y el acompañamiento espiritual sostienen dimensiones profundas de la persona, pero no sustituyen una psicoterapia competente cuando existen trauma, ansiedad persistente, depresión o secuelas de violencia. Buscar esa ayuda no disminuye la fe. Puede ser una forma concreta de cuidar la vida que Dios nos confió.

Pequeños pasos para recuperar el presente

Sanar comienza muchas veces con gestos poco espectaculares: dejar de minimizar lo vivido, reconocer lo que activa el dolor, hablar con una persona segura, establecer límites o llorar una pérdida que nunca tuvo duelo.

En la oración se puede presentar el recuerdo sin adornos. No hace falta pronunciar palabras devotas si lo único verdadero es: “Señor, esto todavía me duele”. Los salmos están llenos de oraciones así. Dios no necesita una versión bien educada de nuestro corazón; necesita que le abramos la puerta real.

El sacramento de la Reconciliación puede ayudar cuando la herida se ha mezclado con decisiones propias que necesitamos reconocer. Pero conviene distinguir: haber sido herido no es pecado. Una víctima no debe confesarse de lo que otro le hizo. Sí puede llevar ante Dios, con libertad y sin culpa impuesta, aquello que el dolor produjo después en sus relaciones o elecciones.

La sanación tampoco obliga a recuperar todos los vínculos. Hay relaciones que pueden reconstruirse y otras en las que la prudencia pide distancia. Cristo manda amar, pero nunca presenta la exposición al mal como una virtud.

Quizá hoy no puedas decir: “Ya está superado”. Tal vez baste una oración más humilde: “Señor, no permitas que lo vivido decida por mí para siempre”. Las cicatrices de Cristo nos recuerdan que una historia herida puede seguir siendo una historia amada. Y que el pasado, aun cuando no cambie, puede dejar de tener la última palabra.

Si deseas regalarte un tiempo de oración, silencio y reflexión para mirar tu historia a la luz de la misericordia de Dios, puedes participar en el retiro espiritual de sanación interior Sanando el Corazón Enfermo, el sábado 24 y domingo 25 de octubre de 2026. Se realizará en la Casa de Oración San Francisco, Hermanas Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora, Calle 12 No. 29-95, Barrio Siete Trojes, Funza, Cundinamarca. Donación: $365.000. Los cupos son limitados. Para inscribirte y separar tu cupo, escribe por WhatsApp en el botón de esta página. El retiro ofrece un espacio de encuentro con Dios; no promete curaciones automáticas ni reemplaza la atención profesional que cada persona pueda necesitar.

Referencias

  • Sagrada Biblia, Evangelio según san Juan 20,24-29; Evangelio según san Lucas 24,13-35; Salmo 147,3.
  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1503-1505 y 2288, Libreria Editrice Vaticana, 1992.
  • Francisco, carta encíclica Fratelli tutti, nn. 249-250, 2020.
  • Juan Pablo II, carta apostólica Salvifici doloris, nn. 5-8 y 16, 1984.

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