Cómo empezar de nuevo después de una crisis
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Después de una crisis, las preguntas más pequeñas se vuelven enormes. ¿Qué hago mañana? ¿A quién llamo? ¿Cómo regreso a un lugar donde todos conocen lo ocurrido? ¿Quién soy ahora que aquello en lo que apoyaba mi vida se cayó?
Puede tratarse de una separación, una quiebra, una enfermedad, la pérdida del trabajo, una caída moral o un duelo. La crisis cambia el mapa. Y cuando alguien aconseja “pasa la página”, uno quisiera explicarle que el libro quedó debajo de los escombros.
Cómo empezar de nuevo no consiste en fingir que volvemos al punto de partida. Después de algunas experiencias no regresamos a ser quienes éramos. El comienzo cristiano ocurre con la historia a cuestas, pero ya no bajo su dominio.
Primero hay que reconocer lo que terminó
Todo nuevo comienzo necesita duelo. Antes de preguntar qué viene, conviene nombrar qué se perdió: una relación, una seguridad económica, un proyecto, una imagen de uno mismo, una etapa de la vida.
La prisa por reconstruir puede ser otra forma de no sentir. Llenamos la agenda, tomamos decisiones grandes y buscamos una versión mejorada de nosotros mismos. Pero una casa no se levanta bien mientras todavía fingimos que no hubo incendio.
Jesús resucitado no apura a los discípulos. Los encuentra encerrados por miedo, camina con dos que abandonan Jerusalén y prepara desayuno para quienes regresaron a pescar. La Pascua entra en escenarios de confusión. No exige que todos comprendan de inmediato.
Cómo empezar de nuevo sin negar la crisis
Pedro ofrece una imagen especialmente humana. Había prometido fidelidad y terminó negando a Jesús tres veces. Después de la muerte del Maestro, vuelve a pescar (Jn 21). Quizá era una manera de regresar a lo conocido cuando todo lo demás había perdido sentido.
El Resucitado lo espera en la orilla. No pronuncia un discurso sobre liderazgo. Enciende un fuego, prepara pan y pescado, y luego pregunta: “¿Me amas?”. Jesús no devuelve a Pedro a la noche anterior como si nada hubiera pasado. Lo llama desde allí hacia una responsabilidad nueva: “Apacienta mis ovejas”.
Empezar de nuevo no siempre significa comenzar otra cosa. A veces significa volver a lo esencial con una verdad que antes no teníamos. Pedro ya no puede confiar en su valentía presumida. Puede confiar en la misericordia que lo buscó después del fracaso.
Un comienzo suele caber en un paso pequeño
Cuando la vida está desordenada, las decisiones enormes pueden paralizar. Conviene preguntar: ¿cuál es el siguiente paso bueno y posible?
Puede ser levantarse a una hora razonable, pedir una cita médica, revisar las cuentas, hablar con los hijos, llamar a un abogado, volver a misa o reconocer una adicción. Los pasos pequeños no son falta de fe. Son la forma concreta que toma la esperanza.
La ayuda también es parte del comienzo. Nadie reconstruye solo. Dependiendo de la crisis, necesitaremos familia, comunidad, terapia, asesoría jurídica, acompañamiento espiritual o apoyo económico. Pedir ayuda hiere un poco el orgullo, pero suele salvar mucho más que el orgullo.
Si la crisis nació de una decisión propia, habrá que asumir consecuencias. La misericordia no evita esa responsabilidad; impide que la responsabilidad se convierta en desesperación. El sacramento de la Reconciliación ofrece perdón y gracia para cambiar. Luego viene la tarea paciente de reparar, aceptar límites y recuperar confianza sin exigir plazos a los demás.
Dios trabaja también entre los escombros
El libro de las Lamentaciones fue escrito desde una experiencia de ruina. En medio de ella aparece una confesión inesperada: la misericordia del Señor no termina y se renueva cada mañana (Lam 3,22-23). No es optimismo barato. Es esperanza pronunciada dentro de la devastación.
El papa Francisco comienza Evangelii gaudium invitando a volver a Jesucristo y recuerda que Dios no se cansa de perdonar. Esa posibilidad de regresar no depende de que nuestra historia quede impecable. Depende de que Cristo resucitado sigue saliendo a nuestro encuentro.
Hay cosas que quizá no se recuperen. Una persona amada no vuelve, una relación puede terminar, algunas consecuencias permanecen. La esperanza cristiana no promete restaurar exactamente la vida anterior. Promete que ninguna situación queda cerrada a la presencia de Dios y que siempre existe una forma posible de amar.
Comenzar de nuevo incluirá días torpes. Habrá avances y retrocesos. No conviertas una caída en prueba de que todo esfuerzo fue inútil. Quien aprende a caminar después de una lesión no se burla de sus pasos cortos.
Tal vez hoy solo puedas recoger una cosa entre los escombros. Hazlo. Mañana habrá otra. Y cuando te falte fuerza, mira la orilla del Evangelio: hay un fuego encendido y Cristo prepara el desayuno para discípulos que no saben muy bien qué será de ellos. El nuevo comienzo puede parecerse menos a una puerta triunfal y más a sentarse otra vez a la mesa con Él.
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Referencias
- Sagrada Biblia, Lamentaciones 3,19-26; Evangelio según san Lucas 24,13-35; Evangelio según san Juan 20,19-29 y 21,1-19.
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1422-1424, 1817-1821 y 1987-1995, Libreria Editrice Vaticana, 1992.
- Francisco, exhortación apostólica Evangelii gaudium, nn. 1-3, 2013.
- Benedicto XVI, carta encíclica Spe salvi, nn. 2 y 30-35, 2007.
- Concilio Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes, n. 22, 1965.
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