Por qué Dios permite el sufrimiento si nos ama
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Hay preguntas que uno quisiera poder responder en tres líneas. Esta no es una de ellas.
“¿Por qué Dios permite el sufrimiento?” puede nacer de una discusión filosófica, pero casi nunca llega a una sacristía de esa manera. Llega después de un diagnóstico, junto a la muerte de un hijo, en medio de una traición o cuando una familia buena recibe un golpe que parece demasiado grande.
En ese momento, una explicación impecable puede resultar cruel. Antes de hablar hay que guardar silencio. El dolor de una persona no es un problema que el sacerdote deba resolver para defender a Dios.
La Biblia no ofrece una respuesta fácil al dolor
El libro de Job desmonta la idea de que todo sufrimiento es castigo directo por un pecado. Los amigos de Job insisten en buscar una culpa que explique su desgracia. El propio Dios termina corrigiéndolos (Job 42,7). Job no recibe una fórmula que ordene cada pérdida; recibe el encuentro con un Dios más grande que sus explicaciones.
Jesús también rechaza la relación automática entre culpa y desgracia. Al encontrar a un hombre ciego de nacimiento, los discípulos preguntan quién pecó para que naciera así. Jesús responde: “Ni él pecó ni sus padres” (Jn 9,3). En otra ocasión habla de personas muertas por una torre y niega que fueran más culpables que las demás (Lc 13,1-5).
Por eso debemos desconfiar de frases como “Dios te mandó esto para enseñarte”. Nadie conoce con esa facilidad los designios de Dios. Algunas formas de sufrimiento provienen de decisiones humanas, otras de enfermedades, accidentes o límites propios de un mundo creado y todavía herido. Afirmar que Dios permite algo no equivale a decir que lo desea como un verdugo.
Por qué Dios permite el sufrimiento y no impide todo mal
La fe cristiana sostiene que Dios es bueno, que creó al ser humano libre y que no abandona su creación. Estas verdades no eliminan el misterio.
Una libertad incapaz de elegir mal tampoco podría amar de manera libre. Mucho sufrimiento nace del uso destructivo de esa libertad: violencia, abandono, corrupción, guerra, indiferencia. Dios podría impedir cada consecuencia solo anulando continuamente la acción humana y convirtiendo el mundo en un escenario sin verdadera responsabilidad.
Pero esta explicación no alcanza para el cáncer, un terremoto o la muerte de un niño. Allí entramos en el límite de lo que sabemos. La creación es buena, pero no está consumada. San Pablo la describe gimiendo con dolores de parto y esperando la liberación (Rm 8,18-25). Vivimos en un mundo real, con procesos naturales, fragilidad y muerte.
Decir esto ayuda a ordenar algunas ideas, pero no seca una lágrima. La respuesta cristiana decisiva no es una teoría sobre el dolor. Es Jesucristo.
Dios no mira el sufrimiento desde lejos
En Jesús, Dios entra en nuestra condición y carga el sufrimiento desde dentro. Llora ante la tumba de Lázaro (Jn 11,35), siente angustia en Getsemaní y muere abandonado en la cruz. El cristianismo no presenta a un Dios que explica el dolor desde una tribuna, sino a un Dios herido.
San Juan Pablo II escribió en Salvifici doloris que Cristo se acercó al mundo del sufrimiento humano asumiéndolo en sí mismo. No convirtió el mal en bien; venció al mal mediante un amor capaz de atravesarlo sin reproducirlo.
La resurrección tampoco declara que la cruz fue una ilusión. Afirma que el dolor y la muerte no tendrán la última palabra. Las heridas siguen en el cuerpo resucitado, pero ya no son puertas hacia el sepulcro.
Acompañar vale más que explicar
Cuando alguien sufre, nuestra primera vocación no es encontrar el motivo escondido. Es acercarnos. Benedicto XVI enseñó que aceptar al otro que sufre significa asumir de alguna manera su dolor, de modo que ya no esté solo. A veces la esperanza entra por una comida llevada a tiempo, una visita sin discursos o una llamada repetida cuando todos los demás han vuelto a su rutina.
También es legítimo protestar ante Dios. Los salmos preguntan “¿hasta cuándo?” y Jesús mismo reza el comienzo del Salmo 22 en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). Esa oración no es falta de fe. Es fe herida que todavía se dirige a Dios.
No siempre encontraremos un sentido concreto para lo ocurrido. Hay dolores que uno aprende a llevar, no a explicar. La esperanza cristiana no exige llamar bendición a una tragedia. Confía en que ninguna lágrima queda fuera de la mirada de Dios y en que Él puede hacer brotar una forma de amor incluso en un terreno que no eligió.
Si ahora atraviesas un sufrimiento grande, quizá hoy no puedas formular una respuesta. No pasa nada. Puedes quedarte cerca de Cristo, aunque sea en silencio. En el Calvario hubo pocas palabras y mucha presencia. Allí comenzó una esperanza que nadie vio llegar la tarde del Viernes Santo.
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Referencias
- Sagrada Biblia, libro de Job 1-2 y 38-42; Evangelio según san Juan 9,1-3 y 11,32-36; Carta a los Romanos 8,18-25.
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 309-314 y 1500-1505, Libreria Editrice Vaticana, 1992.
- Juan Pablo II, carta apostólica Salvifici doloris, nn. 4-8, 14-18 y 26, 1984.
- Benedicto XVI, carta encíclica Spe salvi, nn. 35-40, 2007.
- Concilio Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes, nn. 10 y 22, 1965.
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